Cuando era adolescente, tenía una relación tensa con Lisa, una compañera de la iglesia, así que me desanimé al saber que compartiríamos la habitación en el campamento de verano. Pero la semana transcurrió sin problemas.
El evento más esperado era la fogata el último día. Esa noche, tuve fiebre. Me acosté temprano, pero podía escuchar la música y las risas. Una hora después, Lisa me sorprendió: me estaba tomando la temperatura. «No voy a ir a la fogata —dijo—. Estás enferma. Me quedo contigo». Podría haberse despreocupado, pero decidió cuidarme, lo cual me levantó el ánimo.
En la historia de Naamán, vemos otro ejemplo de alguien que mostró interés. El comandante del ejército sirio tenía una sirvienta israelita a la que habían llevado cautiva, y ahora «servía a la mujer de Naamán» (2 Reyes 5:2). Separada de su familia y obligada a servir, la joven podría haber decidido no ayudar a su amo, enfermo de lepra. Pero su fe la movió a ayudar: «Esta dijo a su señora: Si rogase mi señor al profeta que está en Samaria, él lo sanaría» (v. 3). Y Dios, de hecho, usó al profeta Eliseo para sanar a Naamán (vv. 8-14).
Lisa y la joven israelita decidieron ayudar, y Dios obró a través de ellas. Pidamos a Dios que nos muestre a quién podemos extender su cuidado y nos dé sabiduría para hacerlo.



