Solía trabajar con una mujer llamada Madge, una cocinera maravillosa. «¡Tendrías que probar mi sopa de arvejas con jamón!», me dijo un día. Cuando respondí que no me gustaban las arvejas, sonrió y dijo: «Te gustarán después de probar mi sopa». Al día siguiente, me entregó un recipiente con su sopa, hecha especialmente para mí.
«¿Probaste mi sopa?», preguntó uno par de días después. «Lo haré… pronto», respondí, esperando que no me volviera a preguntar. Pero lo hizo; al día siguiente y al otro. «No la dejes mucho tiempo o se echará a perder», añadió al cuarto día.
Una semana después, seguía sin haberla comido. Ya se había echado a perder y la tiré. Temí cuando ella se acercó y preguntó: «Probaste mi sopa, ¿no?».
«Sí —dije—. Estaba… deliciosa».
En Efesios 4, Pablo nos llama a tratar con pecados relacionados con nuestras palabras, como la ira (v. 26), las conversaciones corruptas (v. 29) y la calumnia (v. 31). Pero antes, hace un llamado más básico: «hablad verdad cada uno con su prójimo» (v. 25). Yo había mirado a Madge y le había mentido. Sabía lo que debía hacer.
Fui a verla, confesé mi mentira y, avergonzado, le pedí perdón. Ella se acercó y me abrazó. «Por supuesto que te perdono —dijo—. ¿Cómo no hacerlo, cuando sé cuánto me ha perdonado Dios a mí?».



