Daniel nació en un orfanato en Rumania. Durante siete años, solo salía de su cuarto para ir al baño. Cuando cumplió ocho, una familia de otro país lo adoptó. Supieron del trastorno de apego de Daniel y que podía tener dificultades para vincularse, pero poco a poco, comenzó a confiar en ellos. Al tiempo, sin embargo, empezó a tener tales arrebatos de ira que sus padres contrataron a un guardaespaldas para que los protegiera de los estallidos de su hijo. Entonces, decidieron aplicar una terapia controvertida: durante los siguientes cinco años nunca se alejaron de él, incluso durante sus crisis. Cuando Daniel cumplió trece años, se quebró y, por primera vez, les dijo a sus padres que los amaba mucho. Su madre resumió: «Generar amor no es para los blandos ni sentimentales. El amor es un campo de batalla».
Todos nacemos sabiendo que algo o alguien nos falta. Como Daniel, tenemos un trastorno de apego. Pero «de tal manera amó Dios al mundo» que tomó una medida drástica: «[dio] a su Hijo unigénito» (Juan 3:16), para encontrarnos mediante la encarnación: «la luz vino al mundo» (v. 19).
Dios tomó medidas drásticas para demostrar su gran amor por ti. Su corazón fuerte y decidido de Padre late esperando escuchar de nosotros las mismas palabras que Daniel: «Te amo mucho».
De: John Blase



