Debido al alcoholismo y el maltrato de su padre, Pablo dejó su casa cuando era adolescente. Terminó la escuela, se casó y tuvo tres hijos. Pero, por desgracia, empezó a repetir el mismo comportamiento destructivo del que había huido. Su propia adicción al alcohol y su comportamiento terminaron destruyendo todo: su familia, su trabajo y su hogar.

Finalmente, acudió a un centro de tratamiento. «Estaba mal, y Dios me abrió la puerta». Un día, después de orar, sintió a Dios a través de la naturaleza. Pronto, su hija menor se dio cuenta de que había cambiado y se reconcilió con él. Hoy está esforzándose para recuperar la confianza de los otros hijos.

En Lamentaciones, el profeta Jeremías se aflige por la situación de su pueblo, que se apartó de Dios y fue desterrado a Babilonia: «Acuérdate de mi aflicción y de mi abatimiento, del ajenjo y de la hiel, […] mi alma está abatida dentro de mí» (Lamentaciones 3:19-20). Como los israelitas, Pablo estaba lejos de Dios. Y como Jeremías, encontró esperanza en Él: «Por la misericordia del Señor no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad» (vv. 22-23).

Como Pablo, los israelitas empezaron de cero. Podemos acudir a Dios y encontrar esperanza.

De:  Alyson Kieda

Reflexiona y ora
¿Estás buscando esperanza? ¿Cómo te invita Dios a esperar en Él?
Dios, gracias por ofrecerme una relación renovada contigo.