Mi madre llamó alrededor de las nueve de la noche. «Es sobre tu papá —dijo—. Partió». Aunque había imaginado esa llamada durante días y sentía alivio de que mi padre ya no sufriera, la noticia me sacudió. Lloré profundamente mientras el dolor seguía su curso los días y semanas siguientes.
Perder a mi padre fue difícil para todos nosotros, pero en especial para algunos de mis familiares incrédulos. Para ellos, papá había partido para siempre. Fue entonces cuando comprendí cómo creer en Jesús nos ayuda a sobrellevar el dolor.
Pablo lo explicó así: Dado que Jesús resucitó de entre los muertos, los que creen en Él también un día resucitarán (1 Tesalonicenses 4:14). Esto sucederá cuando nos reúna para pasar la eternidad juntos con Él en el cielo (vv. 16-17). Pablo nos dice esto «para que no [nos entristezcamos] como los otros que no tienen esperanza» (v. 13). Saber que volveré a ver a mi padre me trae consuelo en medio de las lágrimas.
Las Escrituras nunca fomentan un duelo sin lágrimas. Incluso Jesús lloró por un amigo muerto que sabía que volvería a vivir (Juan 11:34-44). Y a veces no sabemos en qué creía un ser querido antes de morir. Aun así, nuestro duelo tiene una red de seguridad. Gracias al Señor, volveremos a ver a nuestros seres queridos creyentes.
De: Sheridan Voysey



