Durante una clase bíblica a los veintiséis años, me sentí desconcertada. Algunos de los comentarios de mis compañeros eran desalentadores por tener tantos problemas. Pregunté: «Si somos cristianos, ¿por qué estamos tan deprimidos? ¿No sabemos cómo termina realmente esta historia?». Me refería a la promesa de la vida eterna en Cristo, pero también a muchas otras sobre el cuidado de Dios. El maestro simplemente sonrió y continuó, pero recordé mi comentario durante años.
Con el tiempo, la vida me golpeó. Pérdida de empleo, duelo, enfermedad y otras cosas me llevaron a desanimarme. Sí, las promesas de Dios son ciertas y consoladoras, pero no prometen una vida fácil. Jesús dijo: «en el mundo tendréis aflicción» (Juan 16:33).
Es natural que esas dificultades nos afecten, como sucedió con Job. Las pruebas lo golpearon duro: perdió a sus hijos, sus bienes y su salud (Job 1:13-20; 2:7). Sus amigos fueron a consolarlo (Job 2:11-13). Al principio, simplemente lo apoyaron en silencio, viendo «que su dolor era muy grande» (v. 13). Pero luego empezaron a hacer preguntas inútiles, parecidas a las de aquella clase bíblica.
Frente a otros que atraviesan dificultades, el Espíritu Santo puede ayudarnos a responder con amor y compasión. Y cuando estemos tristes, recordemos las promesas de Dios.



