Como fotógrafo de paisajes, me atraen las fotos que encuentro en Internet. Hace poco, me topé con «10 de los lugares más impresionantes de EE. UU.». Una foto de un manantial geotérmico muestra una enorme cuenca de luminiscencia multicolor. Una instantánea de la selva tropical de Hoh muestra un bosque que parece sacado directamente de El Hobbit. Una impresionante fotografía tomada en Monument Valley, Arizona, podría ser una panorámica de Marte.
Estas imponentes imágenes me hacen pensar en nuestro imponente Dios. En el Salmo 68, David se deshace en elogios hacia la majestad de Dios: «Cantad a Dios, […] exaltad al que cabalga sobre los cielos» (v. 4). Sin embargo, la majestad y el poder de Dios contrastan con su amor íntimo: «Bendito sea el Señor, que cada día lleva nuestra carga» (v. 19 LBLA). El épico salmo de David termina en alabanza extasiada: «Imponente eres, oh Dios» (v. 35 LBLA).
En las fotografías de paisajes, encuentro a la vez inmensidad e intimidad. Me pregunto si los paisajes de nuestro mundo son realmente atisbos de Dios mismo, reflejos de su inmensidad asombrosa y de su amor sobrecogedor. Bajo esa luz, busquemos hoy a nuestro alrededor el reflejo de su belleza. Cuando la veamos, podríamos susurrarle: «Imponente eres, oh Dios».
De: Kenneth Petersen



