1 Juan 1.8-2.2

Como vimos ayer, Juan usa la imagen de las tinieblas y la luz para describir la diferencia entre una vida de pecado y una vida en Cristo (1 Jn 1.5-7). Dios es luz pura y perfecta que brilla a través de una persona obediente. Pero cuando permitimos que la oscuridad del pecado entre en nuestra vida, surge el conflicto.

La manera de mantener un espíritu puro en este mundo es confesar el pecado (1 Jn 1.9). Somos limpiados por la obra del Señor Jesucristo en la cruz, y nada puede cambiar la identidad de un creyente redimido como hijo santo de Dios. Sin embargo, el pecado sí interfiere con nuestra comunión con el Señor (Is 59.2).

Lo que restablece esa relación es la confesión a Dios, que consiste en reconocer que nuestras acciones, pensamientos o palabras van en contra de su voluntad. Aunque es fácil hacer una confesión general, como: “Perdóname si he pecado contra ti”, la manera más efectiva de eliminar la oscuridad de nuestra vida es reconocer nuestras transgresiones. El Espíritu Santo no convence de forma general; Él señala nuestro pecado con exactitud.

Los creyentes que reconocen su pecado y asumen su responsabilidad se mantienen en una relación correcta con el Señor. La carta de Juan confirma el deseo de Dios de expulsar la oscuridad y mantenernos en la luz de su amor.

BIBLIA EN UN AÑO: JEREMÍAS 33-36