Anna y su esposo vivían en Argentina con sus dos hijos. Eran reservados y hablaban español con fluidez. Pero no eran argentinos, sino agentes encubiertos; espías nacidos en otro país. Se habían perfeccionado para integrarse a la cultura anfitriona —hasta en cómo sostener el tenedor—, pero un cambio en su registro civil despertó sospechas y fueron descubiertos. Mientras los deportaban a su país de origen, Anna miró a su hija de once años. ¿Cómo le explicaría que no eran quienes ella creía?
Los creyentes en Jesús tienen una ciudadanía más vital. Somos agentes de un Rey superior, porque «nuestra ciudadanía está en los cielos» (Filipenses 3:20). Los ciudadanos de Filipos estaban orgullosos de su ciudadanía romana y eran leales a Roma. Pablo dijo que su lealtad iba aún más lejos: su máxima lealtad era a Jesús, quien gobernaba Roma y Filipos desde el cielo.
A diferencia de Anna y su esposo, no trabajamos en secreto contra nuestro «país anfitrión», sino abiertamente por su bienestar. Nuestra lealtad a Jesús nos impulsa a servir a nuestros vecinos y a orar «por todos los que ocupan altos puestos, para que vivamos […] en toda piedad» (1 Timoteo 2:2 rvc). Con la ayuda de Dios, buscaremos «la paz de [nuestra] ciudad» y rogaremos por ella, «porque en su paz [tendremos] paz» (Jeremías 29:7).



