Cuando era niña, me entusiasmaba al ver coloridos carteles especiales al costado del camino. Creía que ya habíamos llegado al parque de diversiones al que íbamos. Comenzaba alegremente a recoger mis cosas, solo para decepcionarme al ver más carteles y tener que esperar aún más antes de llegar. Finalmente, entendí que esos carteles anunciaban que los visitantes estaban cerca, pero que aún faltaban unos kilómetros.
Como un niño emocionado que se pregunta: «¿Ya llegamos?», también nosotros podemos sentir impaciencia y ansiedad por llegar a nuestro próximo destino.
Esperar a que Dios actúe en nuestras vidas puede ser difícil. David enfrentaba muchas adversidades, como menciona en el Salmo 27. Sin embargo, puso su esperanza y confianza en Dios, y esperó que respondiera. No sabía cuánto tiempo tardaría Él en actuar, pero confiaba en su ayuda: «Hubiera yo desmayado, si no creyese que veré la bondad del Señor en la tierra de los vivientes» (v. 13).
Puede que la salida tarde más de lo que quisiéramos, pero cobremos ánimo en estas palabras: «Aguarda al Señor; esfuérzate, y aliéntese tu corazón; sí, espera al Señor» (v. 14). Mientras recurrimos a las Escrituras en busca de aliento, podemos descansar en la certeza de que Dios está obrando, incluso mientras esperamos.



