En su libro Piense y hágase rico, el autor Napoleon Hill dijo: «Todo aquello que la mente pueda concebir y creer, se puede lograr». Esta cita resume el sueño americano: si trabajas duro, puedes cumplir tus sueños más ambiciosos.

El trabajo arduo puede traer beneficios terrenales; muchos pasajes de las Escrituras —especialmente Proverbios— los vinculan. Pero con los años, veo un verdadero peligro en seguir las ideas de Hill: mis intentos por alcanzar mis sueños pueden ser un esfuerzo centrado en mí mismo para vivir independientemente de Dios.

En Gálatas 5, Pablo contrasta dos formas de vida: «Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne» (v. 16). Eugene Peterson lo parafrasea así: «Vivan con libertad, animados y motivados por el Espíritu de Dios. Así no alimentarán las exigencias del egoísmo» (trad. lit.). Luego, Pablo describe cómo es una vida floreciente en Cristo: «el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza» (vv. 22-23).

Muchas voces en este mundo nos instan a aferrarnos a nuestros deseos con ambas manos. Pero la vida que anhelamos no es algo que ganamos, sino algo que recibimos al rendirnos al Espíritu Santo en lugar de esforzarnos desesperadamente por alcanzar la bendición en nuestros propios términos.

De:  Adam Holz

Reflexiona y ora
¿Cómo has intentado cumplir tus sueños? ¿Qué hábitos te ayudan a estar en condición de recibir las bendiciones de Dios?
Padre, guíame por tu Espíritu.