Salmo 13

Si usted alguna vez ha elevado una oración a Dios y solo ha recibido silencio, déjeme decirle que no ha sido el único. Los salmistas conocían bien esa experiencia.

Lo notable en estos cantos a Dios es su sinceridad. David no maquilla su dolor antes de llevarlo a su Padre celestial. Clama, se queja e incluso discute: “¿Hasta cuándo, Jehová? ¿Me olvidarás para siempre?” (Sal 13.1). Aquí no hace falta fingir, ni buscar las palabras perfectas. Este es el clamor sincero de un hombre que deposita su angustia ante Aquel en quien confía. Esa confianza es el hilo que recorre los salmos, incluso los escritos en los momentos más oscuros.

El lamento en las Sagradas Escrituras no es una simple queja, sino una queja dirigida a Alguien. El dolor es real, pero también la convicción de que quien escucha está presente y puede actuar. El salmista no pierde de vista quién es Dios, incluso cuando no ve lo que el Señor está haciendo. Este es el tipo de oración al que Dios nos invita: no palabras pulidas, sino sinceras; no la certeza de que todo saldrá como esperamos, sino la fe de que Él está con nosotros en la espera y que es bueno. Cuando no sabemos qué decir, los Salmos nos dan palabras, y nos recuerdan que clamar a Dios es, en sí mismo, un acto de fe.

BIBLIA EN UN AÑO: EZEQUIEL 13-16