Visitar Suiza había sido siempre el sueño de mi papá. Cuando le diagnosticaron demencia senil, mi mamá decidió acompañarlo mientras aún estaba físicamente apto. «Un día, mientras la nieve caía a nuestro alrededor en el monte Titlis —dijo ella—, vi en el rostro de tu padre una alegría profunda. Su sueño hecho realidad». Pero más tarde, lágrimas brotaron de mi mamá cuando mi papá preguntó: «¿Dónde estamos?».
Quizá mi papá olvidó que estaba en Suiza, pero mi mamá dijo: «El viaje valió la pena. Al menos por un momento, él lo supo y fue feliz».
Dios nos asegura que llegará un tiempo en el que la alegría nunca más se nos quitará. Por nuestra esperanza en Jesús, podemos aguardar con ansias «un cielo nuevo y una tierra nueva» (Apocalipsis 21:1), donde estaremos libres del pecado y la muerte (Romanos 5:12). En ese mundo perfecto, Dios hará «nuevas todas las cosas» (Apocalipsis 21:5): «Enjugará Dios toda lágrima […]; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron» (v. 4). Todo sufrimiento que experimentemos ahora es temporal. Dios promete que, un día, «de lo primero no habrá memoria» (Isaías 65:17).
Sé que, un día, cuando estemos con Dios (Apocalipsis 21:3), veré en el rostro de mi papá una alegría profunda. Esta vez, permanecerá.



