En el restaurante poco iluminado, la camarera tomó nuestro pedido con expresión solemne. Pero luego, un cliente le regaló un bolígrafo con una pequeña linterna incorporada. Le dijo que era para que pudiera «ver en la oscuridad».
Su rostro se iluminó y su actitud cambió para reflejar alegría. Cuando se fue de nuestra mesa, el hombre sonrió mientras me susurraba: «Creo que se animó cuando le di el bolígrafo. ¡Le alegró el día!».
El don divino de la luz sin duda ilumina nuestros días. Jesús es el don supremo de luz: «la luz [que] vino al mundo» para salvar al mundo (Juan 3:16-19). Dios nos dio este regalo porque nos ama y quiere relacionarse con nosotros. Cuando recibimos a Cristo como nuestro Salvador, nuestros pecados son perdonados y experimentamos la comunión con Él. Jesús ilumina nuestras vidas por toda la eternidad. Dijo: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Juan 8:12).
Como creyentes en Jesús, somos «la luz del mundo» (Mateo 5:14). Cuando recibimos el don que Dios nos dio a través de Cristo, podemos caminar en su luz y dejar que «alumbre [nuestra] luz delante de los hombres» (v. 16). Con Él como fuente, ¡brillemos hoy para su gloria!



