La noche en que el Señor Jesús calmó la tormenta en el mar de Galilea, los discípulos estaban aterrados. Ver una tormenta desde la orilla es distinto a estar en la barca, con las olas y la lluvia golpeando.
Todos enfrentamos tormentas: crisis, rupturas, presiones y circunstancias abrumadoras. En medio de ellas podemos clamar: “Señor, ¿dónde estás?”. Pero Él no ha cambiado de lugar; el problema no es su ausencia, sino que el miedo nos impide verlo con claridad.
Recuerde quién es Jesucristo: su voz manda sobre la naturaleza. Es soberano sobre toda tormenta que enfrentamos (1 Jn 4.4). Nuestro Salvador conoce nuestra fragilidad (Sal 103.13, 14), no nos observa desde la distancia, sino que está presente en medio del caos y habla paz a nuestro corazón aun cuando las circunstancias no han cambiado.
Con dos palabras, el Señor calmó una tormenta de manera instantánea. A veces, Él calma nuestras tormentas con la misma rapidez. En ocasiones, nos calma en medio de ellas, dándonos su paz mientras las olas siguen rugiendo. De cualquier manera, Él es fiel. Cuando nos volvemos al Señor con confianza, descubrimos que su presencia siempre es más que suficiente.
BIBLIA EN UN AÑO: JEREMÍAS 51-52



