El boxeador Jim Braddock no luchaba por la riqueza y la fama, sino para llevar comida a la mesa de su familia. La película El luchador narra cómo pasó de boxeador en decadencia a campeón mundial de peso pesado. Mientras se enfrentaba a la pobreza extrema durante la Gran Depresión, Jim sacrificó sus propios recursos, su salud y su orgullo para proveer para sus hijos. Nunca se dejó intimidar por un adversario y soportó con valentía los golpes en el ring para mantener a salvo a su familia.
El legado de Jim es la defensa apasionada de su familia. Nosotros también tenemos un apasionado defensor que ha prometido ocupar nuestro lugar en el ring. Cuando los israelitas se enfrentaron al ejército de Faraón tras escapar de Egipto, se aterrorizaron y clamaron a Dios. Pero Moisés respondió con fe: «el Señor peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos» (v. 14). Y sin ninguna acción por parte de ellos, sus enemigos fueron literalmente barridos por el mar, ya que Dios puso fin sobrenaturalmente a la batalla incluso antes de que comenzara.
A veces, parece que nos enfrentamos solos a las pruebas de la vida o a las saetas del enemigo, Satanás (ver Salmo 91:5). Pero Dios está con nosotros (Deuteronomio 31:6), y lucha por nosotros; solo tenemos que estar quietos.



