Los árboles en climas fríos se preparan para el invierno mediante un proceso llamado «aclimatación». El agua drena de las células para que no se congelen, se expandan y rompan el árbol. El agua que queda entre las células es tan pura que los cristales de hielo no pueden adherirse. Los árboles se endurecen en la misma época cada año conforme al calendario fijo de acortamiento de los días. No arriesgan su vida por el clima, que puede ser inusualmente templado. Confían en el sol, su única certeza.

El Hijo que hizo el sol es aún más confiable. Él es «la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en él fueron creadas todas las cosas», y «todas las cosas en él subsisten» (Colosenses 1:15-17). ¿Quién les dice a los árboles cuándo aclimatarse cada año? El mismo Hijo que hace que el sol se levante cada mañana y se acueste cada noche, mueve las mareas con la luna, hace girar electrones en cada célula, bombea tu corazón e infla tus pulmones, y te sostiene cuando tu alma está rota.

Lo que mantiene unido el mundo no es una fuerza dentro de la naturaleza, sino una Persona fuera de ella. La que entró en el mundo para «reconciliar consigo todas las cosas», incluido tú (v. 20). En este mundo impredecible, tienes una certeza: Jesús te presentará «[santo] y sin mancha delante de él» (v. 22).

De:  Mike Wittmer

Reflexiona y ora
¿Qué te asusta? ¿Cómo el poder de Jesús sobre el mundo te alienta a orar y a descansar en Él?
Jesús, confío en ti.