La comida después del funeral de mi tío abuelo incluyó carne asada, maíz y porotos, en honor a la hospitalidad que él y su esposa practicaron durante años. Cada domingo, ponían un gran trozo de carne con verduras en la olla eléctrica antes de ir a la iglesia, y después del servicio, invitaban a alguien a almorzar. A veces, un buen amigo; otras veces, un desconocido. Siempre se aseguraban de tener suficiente comida, y esas tardes estaban especialmente dedicadas a la hospitalidad.
Su hábito dominical requería una disposición hacia la generosidad. Los israelitas seguían un patrón similar. A través de Moisés, Dios les ordenó dejar una porción de su alimento «para el pobre y para el extranjero» (Levítico 19:10). Se les instruyó no segar hasta los bordes del campo, dejar lo que había caído y no volver a cosechar sus viñedos (vv. 9-10). Con esos métodos redentores, quienes no poseían tierras podían seguir trabajando para reunir alimento. Para el pueblo de Dios, no era un acto espontáneo y aislado; aunque esto también puede ser una hermosa bendición. Era una forma de vida.
A nuestro alrededor, hay oportunidades de mostrar el amor hospitalario de Jesús. Algunas no podemos anticiparlas; otras, sí. Con la ayuda de Dios, consideremos cómo podemos ser bondadosos hoy (v. 33).



