La mayoría de nosotros queremos estar saludables en mente, cuerpo y espíritu. Para mantenernos en forma, necesitamos ejercicio y buena alimentación; para una mente fuerte, debemos cultivar conocimiento y autocontrol. Sin embargo, para llegar a ser fuertes en el espíritu se requiere más que el esfuerzo humano.
Ninguno de nosotros nació con una conexión espiritual con Dios. Debido a la transgresión de Adán y Eva, todos nacimos muertos en nuestros pecados y separados del Señor (Ef 2.1). Pero al aceptar al Señor Jesucristo en nuestro corazón, somos perdonados, reconciliados con Dios y vivificados en nuestro espíritu (Ef 2.5). Este es el primer paso de la vida cristiana.
Una vez que nacemos de nuevo, el Espíritu Santo que mora en nosotros nos enseña a ver la vida como el Señor la ve, a adoptar sus valores y a seguir su ejemplo. Cuanto más nos rindamos a su instrucción, más pronto seremos transformados a la imagen de Cristo, dotados para cumplir su voluntad y fortalecidos en nuestro interior para servirle.
Dios desea seguidores que se dediquen a su plan y muestren su amor al mundo. Sin embargo, Él no espera que lo hagamos solos: ha enviado al Consolador para fortalecernos para la labor que tenemos por delante.
BIBLIA EN UN AÑO: SALMOS 107-111



