Mi amigo Alex, editor de libros, esperaba recibir un correo disgustado de un autor. Había trabajado durante meses en el manuscrito del cliente. Inesperadamente, la editorial decidió detener la publicación del libro debido a problemas internos. Después de enviarle al autor la mala noticia, Alex se preparó.
Una semana después, llegó la respuesta: «No contesté de inmediato porque quería pensar primero cómo responder», escribió el autor. Expresó su decepción, y luego, con calma, señaló cómo pensaba que la editorial podría haber manejado la situación.
Su respuesta sabia y mesurada me impactó profundamente. Su comportamiento reflejaba lo que la Biblia dice que debe ser nuestra comunicación, especialmente cuando estamos enojados. Santiago nos indica poner «freno en [la] lengua» porque es fácil pecar con nuestras palabras (Santiago 1:26; ver 3:5-6). Debemos priorizar escuchar a los demás para comprenderlos, elegir nuestras palabras y considerar si es necesario enojarnos (1:19).
La moderación al hablar no solo nos ayuda a evitar el pecado (v. 21), sino que también refleja a Dios ante los demás: «clemente es el Señor; lento para la ira, y grande en misericordia» (Salmo 103:8). Representemos a nuestro Dios amoroso con nuestras palabras… y con nuestros silencios.



