Mientras contemplaba el intrincado grabado Cristo y la mujer samaritana, del artista neerlandés Rembrandt, dos detalles captaron mi atención. El primero fue la postura humilde de Jesús —inclinado, con la mano sobre el corazón— mientras le hablaba a la mujer. Debido a siglos de hostilidad entre ambos pueblos, «judíos y samaritanos no se [trataban] entre sí» (Juan 4:9). Pero Jesús se acercó con respeto y dignidad a una mujer marginada (vv. 17-18). Conocía sus luchas y le ofreció «agua viva» (v. 10) para satisfacer su necesidad más profunda: el don de la gracia que limpia y da vida, y restaura la relación con Dios.
El segundo detalle que me llamó la atención fue la sombra oscura que cubría el rostro de la mujer, simbolizando su lucha inicial por reconocer a Jesús como el Mesías, el prometido libertador de Israel. Cuando ella le dijo: «Sé que ha de venir el Mesías» (v. 25) y Él respondió: «Yo soy» (v. 26), sus ojos y su corazón se abrieron (v. 29).
Al encontrarnos con personas con sed espiritual, el ejemplo de Jesús nos recuerda hablar con humildad y bondad, orando para que Dios quite la sombra que «cegó el entendimiento de los incrédulos» (2 Corintios 4:4), de modo que puedan comprender plenamente la oferta transformadora de Cristo: agua viva.



