Aunque vivíamos lejos de mis abuelos maternos, doy gracias de haberlos conocido tanto. Ellos viajaban con frecuencia a visitarnos, y nos encantaba ir a verlos. A medida que mi hermana y yo crecimos, nuestras conversaciones con los abuelos pasaron de temas infantiles a incluir diálogos más serios sobre finanzas. Nos explicaron que querían compartir sus recursos con nosotros mientras vivieran, pero que la mayor parte de su herencia sería destinada a caridad cuando fallecieran.

Mis abuelos fueron, en verdad, muy generosos con nosotros durante su vida. Cuando murieron, me sentí genuinamente orgullosa de ver que sus bienes se entregaran a otros. Al comparar su ejemplo con las palabras en Proverbios 13:22: «El bueno dejará herencia a los hijos de sus hijos», veo su legado hacia mí desde una perspectiva más amplia. No debemos vivir egoístamente, sino cuidar de quienes vienen después de nosotros.

No todos tendremos riqueza financiera para dejar a las generaciones futuras. Pero al decidir ser generosos con nuestros recursos, aunque solo sea tiempo y atención, nuestros hijos (y los de ellos) reciben una herencia preciosa: un legado de generosidad. Al depender de Dios para nuestras necesidades, podemos compartir tanto nuestra fe como nuestros recursos con otros.

De:  Kirsten Holmberg

Reflexiona y ora
¿Qué ejemplos de vida fiel y generosa te beneficiaron? ¿Cómo podrías ayudar a otros de forma práctica hoy?
Padre, ayúdame a vivir con generosidad.