El amor del Padre celestial por sus hijos es tan ancho, largo, alto y profundo que nunca podremos comprender del todo su magnitud (Ef 3.14-19). El amor de Dios es constante, inmutable y eterno. Pero a veces nuestros sentimientos nos dicen lo contrario.
Con frecuencia relacionamos nuestra conducta con el amor de Dios. Cuando actuamos bien, creemos que somos más amados; pero al fallar o pecar, dudamos de cuánto le importamos. Tras varios tropiezos, incluso podemos pensar que nos desaprueba más de lo que nos ama.
La verdad es que no hay ninguna condenación para quienes están en Cristo (Ro 8.1). Dios es nuestro Padre amoroso, quien a veces utiliza la disciplina para volver a alinearnos con su voluntad (He 12.7). También permite que experimentemos las consecuencias del pecado. Sin embargo, la condenación divina no es una de ellas.
Todo lo que nos separaba de Dios fue resuelto en la cruz. Gracias a Jesucristo, somos libres del pecado y reconciliados con el Padre. Él ocupó nuestro lugar para que pudiéramos acercarnos a Dios y vivir en su presencia, no como condenados, sino como sus hijos amados.
BIBLIA EN UN AÑO: PROVERBIOS 29-31



