A principios del siglo xx, el exitoso empresario Charles Schwab decidió construir la mansión quizá más lujosa de la ciudad de Nueva York, en Riverside Drive. Se inspiró en los castillos franceses y ocupaba toda una manzana, con jardines exuberantes, salones majestuosos e interiores opulentos. Contrastaba fuertemente con los edificios de apartamentos que pronto caracterizarían Manhattan. A pesar de su esplendor, fue difícil encontrar un comprador tras la muerte de Schwab. Era demasiado grande y costosa, y no encajaba con las tendencias inmobiliarias. La demolieron en 1948. Tanto la mansión como el hombre se desvanecieron.
Es fácil señalar que realidades terrenales como la riqueza, la ambición y las mansiones están destinadas a desaparecer. Isaías 40 nos recuerda: «toda carne es hierba, y toda su gloria como flor del campo» (v. 6). Isaías le escribió a un pueblo que enfrentaba la disciplina de Dios por su infidelidad. Lo que dice sobre las personas, la hierba y las flores es cierto (vv. 6-7). Pero ¿qué sucede con la verdad de Dios? Esta permanece más allá de los hombres, las mansiones, la riqueza, la ambición y los elogios. Sí, «la palabra del Dios nuestro permanece para siempre» (v. 8).
No olvidemos cuán frágiles somos, y es sabio recordar que la palabra de Dios es eterna.



