En 1905, un joven desaliñado se encerró en su apartamento en Berna, Suiza, y llevó a cabo complejos experimentos mentales sobre la naturaleza del universo. Frenéticamente concentrado, el físico trabajó una y otra vez sus cálculos. Cuatro meses después, había reescrito gran parte de lo conocido sobre cómo funciona el mundo. Ese hombre era Albert Einstein. Tenía veintiséis años. Pero aunque poseía una mente científica brillante, dijo: «Cuanto más aprendo, más me doy cuenta de lo mucho que no sé».

La Biblia señala con frecuencia la majestad de Dios reflejada en su creación: «Los cielos cuentan la gloria de Dios» (Salmo 19:1), y Job anticipó las palabras de Einstein: «¿Llegarás tú a la perfección del Todopoderoso? Es más alta que los cielos» (Job 11:7-8).

Pero la gloria de la creación de Dios es aún mayor que la inmensidad de los universos: «En el principio era el Verbo […]. Y aquel Verbo se hizo carne» (Juan 1:1, 14). No hay cálculo matemático que pueda explicar el extraordinario acto de Dios al entrar en la humanidad en la persona de Jesucristo. Dios no está solamente «allá afuera» en un universo que no podemos llegar a comprender, sino que está aquí a nuestro lado: el Verbo entre nosotros, la luz de la vida (v. 4), a quien podemos conocer de manera personal e íntima.

De:  Kenneth Petersen

Reflexiona y ora

¿Qué te asombra de la grandeza del universo? ¿Cómo impacta tu relación con Jesucristo la majestad de la creación de Dios?
Dios, gracias por tu Hijo Jesucristo.