Una tarde de abril, millones de personas se reunieron a lo largo del gráfico de un arco que cruzaba México y Estados Unidos para presenciar un eclipse total de sol. Mientras los equipos de televisión documentaban la cuenta regresiva hacia la «totalidad», la multitud enmudeció salvo por una frase repetida: «¡Dios mío!».

Eso me impactó. No sé por qué eligieron esa frase, pero sospecho que, al encontrarse meros mortales con algo singular y asombroso, parecían necesitar reconocer a Alguien. Alguien a quien agradecer. Alguien a quien adorar. Cuando miramos al cielo, nuestra respuesta es de asombro. Como escribió David: «Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos» (Salmo 19:1).

El evangelista Lucas relata los últimos minutos de Jesús en la cruz: «Cuando era como la hora sexta, hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena. Y el sol se oscureció» (23:44-45). Mateo comparte una respuesta a esta revelación: «El centurión, y los que estaban con él guardando a Jesús, visto el terremoto, y las cosas que habían sido hechas, temieron en gran manera, y dijeron: Verdaderamente este era Hijo de Dios» (27:54). No pudieron evitar reconocer a Dios como el único digno de adoración.

Con humilde asombro, te adoro, Dios mío.

De:  Elisa Morgan

Reflexiona y ora
¿Dónde has visto la gloria de Dios y te ha sobrecogido? ¿De qué manera puedes adorarlo en toda su magnificencia?
Querido Dios, eres santo. ¡Te adoro con asombro!