Mi esposa, Sue, y yo acabábamos de caminar ocho kilómetros a través del puente Mackinac, que une las dos penínsulas de Michigan. Este evento anual del Día del trabajador es una tradición desde 1958. Nos sentamos en un banco del parque para descansar, y un hombre se sentó junto a nosotros para recuperar el aliento también. Pronto se unieron su esposa y su hija adulta, y supimos que su familia —también creyentes en Jesús— había sufrido la muerte de una hija adolescente, como nosotros hace muchos años.
Juntos, pudimos compartir cómo Dios nos ha sostenido, y nos ha dado fuerza y fe a lo largo de los años. Fue asombroso pensar que, entre los treinta y tres mil participantes ese día, encontramos una familia que entendía nuestro sentir.
Dos familias con historias similares encontrándose en medio de un mar de gente. Suena un poco como algo que solo puede suceder gracias a lo que Dios le dijo al rey David en el Salmo 32. Después de que David expresó su gratitud a Dios por protegerlo y liberarlo, recibió esta alentadora declaración: «Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos» (v. 8).
Dios cuida de sus hijos y los reúne porque se necesitan mutuamente. Es otra muestra de que «el gran amor del Señor envuelve a los que en él confían» (v. 10 nvi).



