En su soneto La grandeza de Dios, el poeta Gerard Manley Hopkins celebra las innumerables formas en que la creación está «cargada» de «la grandeza de Dios». Describe la impresionante gloria de Dios como una llama que centellea «como un papel de aluminio sacudido». Pero si la belleza de Dios es tan vibrante, ¿por qué tantos no la perciben? Hopkins sugirió que una razón es que la humanidad ha cubierto todo con «la mancha» y «el olor del hombre», impidiendo que muchos vean más allá de sí mismos.
El Salmo 104 es también una celebración de la belleza de Dios en la creación. Con imágenes vívidas, el poeta describe a Dios «vestido de gloria y magnificencia» (v. 1); revelando su belleza, poder y cuidado en el viento y el fuego (v. 4), el trueno (v. 7), el agua, la hierba y los árboles (vv. 10-16).
Incontables regalos que sustentan tanto el cuerpo como el alma (v. 15) apuntan a «la gloria del Señor» (v. 31), lo reconozcamos o no. En su poema, Hopkins concluyó que, incluso cuando la humanidad está ciega a la gloria de Dios, por la bondad de Él, siempre «vive la más querida frescura en lo profundo de las cosas». Si tan solo nos detuviéramos a ver y maravillarnos, hay incontables razones para ver, creer y celebrar la belleza y la bondad de Dios «mientras [vivamos]» (v. 33).



