En 1962, Joanne Shetler y Anne Fetzer hicieron un arduo viaje en autobús y a pie hacia las escarpadas montañas de las Filipinas para compartir el evangelio con los habitantes de Balangao, que nunca habían oído hablar de Jesús. Después de cinco años, seguían indiferentes, pero ayudaron a construir una pista de aterrizaje rudimentaria para poder recibir suministros por avión. Un día, llegó uno que apodaron «magia de otro mundo». Después, el piloto llevó a una mujer embarazada y gravemente enferma a una clínica lejana. Cuando el avión regresó con la mujer recuperada y su bebé sano, empezaron a preguntar por «ese Dios» del que les habían hablado. Poco después, el pueblo tenía una iglesia llena de creyentes en Cristo.
Todos los que compartimos la historia de Jesús atravesamos momentos de desaliento cuando parece que nadie escucha. Pablo, tras explicarles a los gálatas la importancia de sembrar el evangelio, reconoció que el sembrador puede cansarse. Por eso, animó a sus oyentes: «No nos cansemos […] de hacer bien» (Gálatas 6:9).
Los primeros cinco años del trabajo de Joanne y Anne fueron, sin duda, desalentadores. Pero siguieron sembrando, y finalmente cosecharon fruto. No nos «[demos] por vencidos» (v. 9 nvi). El mensaje de salvación «segará vida eterna» (v. 8).



