Después de cincuenta y cinco años, la selección de Inglaterra llegó a la final de la Copa Europea de Fútbol. El partido con Italia se decidió por penaltis. La última oportunidad de Inglaterra recayó en un joven jugador: Bukayo Saka. Pero el guardavalla italiano desvió el tiro. Los aficionados ingleses lloraron; la Copa se perdió.
Pero pocos olvidarán lo que sucedió después. El entrenador, Gareth Southgate, se acercó al devastado Saka y lo abrazó. Sabía cómo se sentía. En 1996, él también había fallado un penalti que le costó a Inglaterra un lugar en las semifinales, y el entonces entrenador Venables lo había consolado del mismo modo.
«Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, […] el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios», dice Pablo (2 Corintios 1:3-4). Así como Southgate transmitió a Saka lo que había recibido de Venables, Pablo descubrió que el consuelo de Dios en su angustia lo capacitaba para consolar a otros en igual situación (v. 6). Nuestro «Dios de toda consolación» (v. 3) puede usar nuestras decepciones para bien. Transmitamos su consuelo para crear una cadena interminable de ánimo.



