Charles Joughin era marinero, y en 1912, fue empleado en un barco que salía de Inglaterra: el Titanic, que chocó contra un iceberg en el Atlántico Norte. Joughin ayudó a muchos a subir a los botes salvavidas, pero él permaneció en la popa del barco hasta que se hundió. Milagrosamente, sobrevivió.

Treinta años después, durante la Segunda Guerra Mundial, Charles estaba a bordo de otro barco, el RMS Oregon, que fue embestido por otra nave, y también terminó hundiéndose. Sorprendentemente, sobrevivió otra vez.

Las Escrituras nos dicen que todos estamos en un barco que se hunde. Pablo escribe: «por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios» (Romanos 3:23). Refiriéndose a la rebelde nación de Israel, cita a Isaías: «Si el Señor de los Ejércitos no nos hubiera dejado un remanente de sobrevivientes, seríamos ya como Sodoma» (Isaías 1:9 nvi). Y agrega: «solo el remanente será salvo» (Romanos 9:27). ¿Cómo? Recibiendo la buena noticia (Romanos 10:16). Hundiéndonos en nuestro pecado, solo somos rescatados si recibimos el evangelio. El bote salvavidas es Jesús.

Recordemos la verdad de que, por la misericordia de Dios, somos sobrevivientes. Y los que aún no han encontrado a Jesús en las aguas turbulentas de la vida harían bien en subir al bote salvavidas.

De:  Kenneth Petersen

Reflexiona y ora

¿Cuándo sentiste que tu vida se hundía?¿Cómo entiendes que Dioste está ofreciendo un bote salvavidas?
Dios, quiero recibir a Jesús.