A veces Dios nos da tareas que parecen imposibles. Cuando Moisés fue llamado a enfrentar a Faraón y liberar a Israel, su primera reacción fue: “¿Quién soy yo?” (Ex 3.11). Reconocía sus limitaciones: un fugitivo con una vara de pastor enviado a desafiar al gobernante más poderoso del mundo.
La respuesta de Dios fue clara: “Yo estaré contigo” (Ex 3.12). Esto no era una estrategia para el éxito ni una promesa de facilitar la tarea. Era Dios diciendo que su presencia sería suficiente.
A menudo buscamos que Dios elimine los obstáculos, aumente nuestras capacidades o nos dé un camino despejado cuando nos llama a cosas difíciles. Pero a veces la respuesta de Dios es tan solo: “Yo estaré contigo”.
Cuando Moisés cuestionó más, Dios se reveló a sí mismo como “YO SOY EL QUE SOY”, el eterno, el que existe por sí mismo, el que no necesita nada ni carece de nada (Ex 3.14, 15). Este es el Dios que promete su presencia, no ofreciendo guía desde lejos, sino caminando junto a nosotros (Dt 31.6).
El regalo no es solo que Dios nos ayuda a realizar cosas difíciles. El regalo es Dios mismo. Su presencia no siempre cambia nuestras circunstancias, pero sí cambia todo acerca de cómo las enfrentamos.
BIBLIA EN UN AÑO: ISAÍAS 28-30



