A veces, un poco de sabiduría llega cuando menos lo esperamos. Esto me ocurrió mientras leía un artículo sobre el jugador de fútbol americano Travis Kelce. Frustrado, un entrenador le dijo: «Cada persona que conoces en este mundo es una fuente o un desagüe». Tal vez te imagines cuál de los dos era Kelce…
Quizá todos tenemos un poco de ambas características, pero según el momento, probablemente actuamos de una manera o de la otra. Y nuestro llamado a seguir a Jesús implica ser más fuente y menos desagüe.
En Filipenses 2, Pablo nos desafía a imitar la humildad de Jesús y a enfocarnos en los demás. Contrasta lo que drena vida de los demás con lo que los llena: «Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros» (vv. 3-4). Y más adelante, añade: «Haced todo sin murmuraciones y contiendas» (v. 14).
¿Cómo se comporta alguien que es un desagüe? Es egocéntrico y arrogante; se queja y discute. ¿Y el que es una fuente? Pablo dice de Timoteo: «a ninguno tengo […] que tan sinceramente se interese por vosotros» (v. 20).
¿Estamos siendo más como una fuente o un desagüe? Reflexionemos en esto mientras buscamos bendecir a los demás.



