Antes de hacerse famoso, el caudillo mongol Gengis Kan (aprox. 1162-1227) mató a su propio hermanastro para ascender en la familia, y comenzó a construir un imperio más grande que el de Alejandro Magno. Despiadado en sus tácticas, Kan y su «Horda de Oro» dejaban un rastro de muerte y destrucción sin par dondequiera que avanzaban.
Hoy nos enfrentamos a un enemigo despiadado aún más intimidante que un ejército merodeador: un enemigo que quiere conquistar y devastar nuestras almas. El apóstol Pedro advirtió: «Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar» (1 Pedro 5:8). Este enemigo es astuto y peligroso como un gran guerrero, y mucho más de lo que podemos manejar solos. Sin embargo, hay grandes motivos para tener esperanza. El apóstol Juan escribió: «mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo» (1 Juan 4:4). Este «que está en vosotros» es el mismísimo Espíritu Santo. No debemos temer al enemigo de nuestras almas.
Al confiar en el Espíritu Santo, ganamos confianza en que nuestras vidas están resguardadas del que intenta conquistar nuestra alma. Nuestro Dios es más grande. Podemos confiar en que está con nosotros siempre.



