El sonido del agua confirmó que había llegado a las piscinas conmemorativas del 11 de septiembre en la ciudad de Nueva York, un lugar que había evitado visitar por temor a sentirme triste y dolida por lo que ocurrió allí en 2001. Caminé por donde antes se alzaban las Torres Gemelas. Fue profundamente conmovedor ver grabados los nombres de quienes murieron; algunos con rosas colocadas por sus seres queridos.

Estaba en Manhattan esa mañana, pero gracias a Dios, lejos de allí. Aun así, como neoyorquina, la tragedia me golpeó muy de cerca. Ahora, estaba en la Zona Cero, pero no me sentí dominada por la tristeza ni el miedo. Sentí paz al estar allí y recordar la gracia sustentadora de Dios. Esa paz fue un regalo del Dios que sabe cómo consolarnos.

Al leer los Salmos, vemos que David experimentó tristeza, miedo y dolor, y también consuelo divino. En el Salmo 30, escribe: «Señor Dios mío, a ti clamé, y me sanaste» (v. 2). «Por la noche durará el lloro, y a la mañana vendrá la alegría» (v. 5). Dios convirtió su «lamento en baile» y le quitó su «vestido de luto» y lo vistió «de alegría» (v. 11 nvi).

Cuando nos sentimos abrumados por la tristeza, la pérdida o el dolor, acudamos al Dios de todo consuelo y démosle gracias como lo hizo David: «Señor Dios mío, te alabaré por siempre» (Salmo 30:12).

De:  Nancy Gavilanes

Reflexiona y ora
¿Cuándo experimentaste el consuelo de Dios? ¿Cómo puedes recibir su consuelo hoy?
Dios, gracias por tu consuelo.