En sus Confesiones, Agustín luchó con la idea de cómo era posible que Dios se relacionara con él. ¿Cómo podía el que creó el universo entrar en algo tan pequeño y pecador como su corazón? Pero le rogó a Dios que lo hiciera posible: «La casa de mi alma es estrecha. Ensánchala para que puedas entrar. ¡Está en ruinas! ¡Repárala! Contiene cosas que ofenderían tus ojos. Lo confieso y lo sé. Pero ¿quién la limpiará, o a quién clamaré sino a ti?».
Hoy conocemos a Agustín como San Agustín, un venerado filósofo y teólogo. Pero él simplemente se veía a sí mismo como alguien transformado por su asombro respecto a un Dios que quería conocerlo.
En el Salmo 119, el salmista también se asombra de la revelación de Dios, especialmente a través de las Escrituras (v. 18). «Tú ensancharás mi corazón» (v. 32 LBLA), celebra. Es solo porque Dios, en su gracia, está dispuesto a ampliar nuestros corazones que podemos caminar con alegría en el sendero que Él nos muestra (v. 45). El Señor nos aparta de lo corrupto (vv. 36-37) y nos guía «por la senda de [sus] mandamientos», donde encontramos su «voluntad» (v. 35).
Somos pequeños, y nuestros corazones son volubles, pero cuando los dirigimos hacia Dios (vv. 34, 36), Él nos guía por senderos de gozo y verdadera libertad.



