La manera en que valoramos lo que atesoramos revela quiénes somos y lo que tenemos en alta estima. La pregunta es: ¿qué es lo que más atesoramos?
No importa cómo adquiramos nuestras posesiones —trabajando, invirtiendo, ahorrando o recibiendo regalos— la perspectiva correcta sobre el dinero y la propiedad es que el Señor es el dueño de todo. Nosotros somos solo los administradores.
Otra forma de pensar en sus recursos es verlos como una manera de responder a las necesidades de las personas y un medio para servir al reino de Dios (Ef 4.28; Mal 3.10). Cuando damos a otros o al trabajo del reino, estamos transfiriendo de inmediato nuestro tesoro de la Tierra al cielo.
Las bendiciones del Señor nos ayudan a cumplir las metas que Él nos da. Al andar en su voluntad y presentar nuestras peticiones, nuestras preferencias se alinean con sus deseos, confirmando que invertir nuestros recursos en esas áreas cuenta con su aprobación.
Consideremos siempre el valor eterno de nuestras metas. La conclusión es que debemos confiar en el Señor con cada pizca de nuestro tiempo, capacidades y lo más valioso que tengamos porque Él los usará para lograr cosas verdaderamente asombrosas.
BIBLIA EN UN AÑO: NÚMEROS 8-10



