Londres es una ciudad cosmopolita donde conviven personas de muchas naciones. Esta diversidad puede traer gran riqueza, tanto en comidas increíbles como en desafíos. Por ejemplo, me entristeció saber que algunos amigos de un país europeo se sentían los menos respetados en Londres porque su nación acababa de ser admitida en la Unión Europea. Se sentían ignorados, culpados por problemas y objetos de resentimiento por los trabajos que conseguían.
Dios no muestra favoritismo, y nosotros tampoco deberíamos. Él derriba barreras entre la gente. Su Espíritu obró en la visión de Pedro mientras oraba y lo llamó a ministrar a Cornelio, un gentil temeroso de Dios. El apóstol escuchó, reevaluó con la ayuda de Dios las reglas judías de no asociarse con gentiles y fue a la casa de Cornelio para compartir la buena noticia de Jesús. Dijo: «En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia» (Hechos 10:34-35).
Los que siguen a Jesús son llamados a amar y servir a todos aquellos hechos a su imagen. Parte de esta misión es no mostrar favoritismo hacia personas de ciertos países o determinado color de piel. Que aprendamos a buscar la justicia y defender a los oprimidos como Dios nos guíe (Isaías 1:17).



