Blas Pascal dijo que hay un «abismo infinito» dentro de nosotros que solo un Dios infinito puede llenar. Agustín oró: «Nos has hecho para ti, oh Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en ti». David expresó que, como personas sedientas en el desierto, nuestro ser «anhela» a Dios (Salmo 63:1).

Lo sorprendente es que no solo los humanos experimentamos anhelo. Dios también. Aunque el Dios infinito no necesita nada para estar satisfecho, la Biblia dice que «anhela» tenernos de vuelta cuando nos alejamos (Santiago 4:4-5), y que quiere un pueblo que pueda llamar suyo (Éxodo 6:7; Hebreos 8:10).

Este anhelo ha impulsado por años la misión de Dios: enviar profetas para recuperar a su pueblo extraviado y, en última instancia, enviar a su Hijo para encontrar a sus ovejas perdidas (Isaías 30:18; Lucas 19:10). La buena noticia es que, al final, este anhelo se cumplirá: «ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios». Dios y los seres humanos morarán juntos (Apocalipsis 21:2-3).

Los seres humanos anhelamos a Dios, y ningún sustituto nos saciará. Dios anhela a los seres humanos, y ninguna otra cosa lo satisfará. Por eso, cuando corremos hacia los brazos abiertos de Dios, hay regocijo en el cielo (Lucas 15:7) y todos estamos satisfechos.

De:  Sheridan Voysey

Reflexiona y ora

¿Cómo te hace sentir que Dios te anhele?¿Cómo puede animarte estocuando debes arrepentirte por haber pecado?
Padre, gracias poranhelar que te conozca.