Es común que quienes viajan al extranjero por primera vez empaquen demasiadas cosas. Temen estar lejos de casa y necesitar algo. Pero un artículo reciente habla de los problemas de sobrecargar el equipaje. Aconseja no llevar champú ni secadores de cabello (casi todos los hoteles tienen), y tampoco zapatos ni libros adicionales, que son voluminosos y pesados. El autor señala que, al cargar una maleta pesada por las calles adoquinadas de Europa, uno deseará no haber llevado tanto.
En cierto modo, es una metáfora adecuada para el consejo de viaje que da Pablo: «nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar» (1 Timoteo 6:7). El apóstol vincula esto con el problema de poseer demasiado, y advierte: «los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo […] que hunden […] en destrucción y perdición» (v. 9). Las personas de fe tienen un destino de viaje diferente, donde todo lo necesario lo provee Dios, «que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos» (v. 17).
Sería bueno recordar hoy que lo que acumulamos en la vida es insignificante. No podemos llevarlo con nosotros. Al ser «dadivosos, generosos» (v. 18), Pablo dice que «[atesoramos] para lo por venir». Este es el mejor consejo de viaje de todos, el secreto de «la vida eterna» (v. 19).



