Una mujer estaba inusualmente nerviosa sentada en la silla del dentista. Las cargas familiares la preocupaban profundamente, y era evidente. Su dentista percibió su ansiedad y le preguntó qué sucedía. Su historia lo llevó a preguntarle: «¿Puedo orar por usted?». Cuando la higienista dental entró en la sala, también oró por la mujer. Después de dos oraciones y el posterior tratamiento dental, la mujer salió del consultorio sabiendo que la habían atendido realmente bien.
Orar por los demás es una de las mejores maneras de demostrar que nos importan, porque invocamos al recurso más grande que conocemos: nuestro Padre celestial, quien puede actuar en la vida de otros. En 1 Samuel 12, el profeta Samuel se enfrentó a las preocupaciones de un grupo de personas muy nerviosas (v. 19). Los israelitas habían pedido equivocadamente un rey y temían lo que les sucedería. El profeta les dijo: «no temáis» (v. 20) y les aseguró sobre la bondad de Dios con estas palabras: «lejos sea de mí que peque yo contra el Señor cesando de rogar por vosotros» (v. 23).
Nosotros también tenemos el llamado a orar por los demás, y el privilegio de hacerlo. A veces en silencio y otras en voz alta, honramos a Dios cuando intercedemos por quienes necesitan ayuda.



