Flannery O’Connor es una de las escritoras más reconocidas del sur de Estados Unidos. Sus historias abundan en sufrimiento y gracia. Cuando su amado padre murió de lupus cuando ella tenía quince años, se volcó devastada a escribir su primera novela. Pronto, a ella misma le diagnosticaron lupus, una enfermedad incurable que le quitó la vida a los 39 años. Los escritos de O’Connor reflejan su angustia física y mental. La novelista Alice McDermott dijo: «Creo que fue la enfermedad lo que la convirtió en la escritora que es».
No sabemos cuál era el «aguijón» de Pablo (2 Corintios 12:7), pero sí sabemos que él dijo: «tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí» (v. 8). También sabemos que Dios no lo hizo (v. 9). Esto lo volvió humilde; y señala cómo impidió que se enalteciera (v. 7). Su aguijón lo moldeó y lo hizo el apóstol que fue. Pero el aguijón no fue todo, ya que con él llegaron la gracia suficiente y el poder perfeccionador de Dios, para que el atormentado apóstol declarara: «cuando soy débil, entonces soy fuerte» (v. 10).
Los aguijones en nuestras vidas, cualesquiera que sean, nos moldean. Nos hacen quienes somos. Pero no son todo. Tal como experimentaron Pablo, O´Connor y tantos otros a lo largo de la historia humana, la gracia de Dios nos es suficiente.



