La expresión «televisión lenta» describe la cobertura maratónica de un evento en tiempo real. El género se hizo popular en 2009 cuando la Corporación de Radiodifusión Noruega transmitió un viaje en tren de siete horas. Sí, siete horas, en un tren. Suena… aburrido. Pero ha ganado una audiencia que encuentra cautivador el recorrido escénico.
La idea es mostrar algo al ritmo en que se experimenta, en lugar de la velocidad con que se cuenta. No se basa en el argumento y la tensión, sino en la transición y el movimiento. Es un paso hacia saborear los minutos de la vida en lugar de contarlos.
El poeta Francis Thompson escribió sobre el «ritmo imperturbable» de Dios: Él se mueve de manera metódica y paciente, con pasos medidos e intencionales. Vemos esta lentitud incluso en sus emociones. El llamado al arrepentimiento del profeta Joel al pueblo de Judá se basa en que nuestro Dios es «lento para la ira» (Joel 2:13 rvc). A diferencia de nuestras narrativas dramáticas, a menudo impulsadas por el temperamento y el ego descontrolado, Dios actúa diferente. Su ira llega lentamente. Le dice a un pueblo rebelado contra Él: «Desgárrense el corazón, no los vestidos, y vuélvanse al Señor su Dios» (v. 13 rvc).
La ira de Dios no es como la nuestra; nos permite volver a Él con todo nuestro corazón.



