El hijo de Cristina murió de cáncer cuando tenía solo siete años. Tres años después, al hijo mayor le diagnosticaron una enfermedad terminal. Algunos de sus amigos que no creían en Jesús compartían su dolor, pero no entendían por qué seguía confiando en Cristo. «¿Cómo puede tu Dios permitir esto? ¿Por qué sigues creyendo en Él?», le preguntaron.
Pero para Cristina, esta era una razón aún más fuerte para seguir creyendo. «No entiendo por qué está sucediendo esto —dijo—, pero sé que Dios nos ayudará a atravesarlo. Solo Él puede darme esperanza para seguir adelante».
Esta misma confianza y esperanza sostuvo al rey David cuando enfrentó circunstancias abrumadoras. Rodeado de enemigos que buscaban destruirlo, quizá no comprendía por qué le estaba pasando todo eso. Pero sabía que seguía a un Dios en quien podía confiar para liberarlo y bendecirlo en su tiempo (Salmo 31:14-16). Esa certeza le permitió someterse a Dios y decir: «En tu mano están mis tiempos» (v. 15). Esto lo fortaleció tanto que también pudo declarar: «Esforzaos todos vosotros los que esperáis en el Señor, y tome aliento vuestro corazón» (v. 24).
Cuando nos sentimos agobiados y parece no haber mucho por delante, podemos aferrarnos aún más a Dios y a la esperanza que solo Él provee.



