El Padre celestial sabe que sus hijos necesitan apoyo. Por eso, antes de regresar al cielo, el Señor Jesucristo ordenó a sus discípulos que hicieran una pausa en su labor misionera hasta que llegara el Espíritu Santo (Lc 24.49).
El Espíritu viene a morar en la vida del creyente en el momento de la salvación y comienza a producir fruto espiritual, expresión de un corazón transformado. Al rendirnos a Dios, nuestras acciones se vuelven más amorosas, alegres, bondadosas y gentiles. Él cultiva en nuestra vida buenas obras que fortalecen nuestra fe y extienden su reino.
Para que el Espíritu Santo forme en nosotros un carácter semejante al de Cristo, no podemos ser espectadores pasivos. Debemos meditar en la Palabra de Dios para aprender sobre su carácter y aplicar sus principios, y tomar decisiones sabias cada día que permitan que Él desarrolle la piedad en nuestra vida.
BIBLIA EN UN AÑO: ÉXODO 13-15



