Cuando Mark fue detenido por un oficial por conducir alcoholizado, temió que su carrera en el fútbol universitario hubiera terminado. Estaba seguro de que iría a la cárcel. Pero el policía, en cambio, lo llevó hasta su universidad. Cuando Mark le preguntó por qué, él respondió: «Te estoy dando gracia».
Aun así, el joven estaba convencido de que su entrenador se enteraría, y que perdería la beca. Al día siguiente, el entrenador le pidió verlo después de la práctica, y sorprendentemente, le dijo: «Sé lo que pasó anoche, pero te estoy dando gracia». Luego, le sugirió asistir a la iglesia el domingo.
Mark fue. ¿Y adivina de qué habló el pastor? De la gracia de Jesús al ofrecernos salvación cuando no la merecemos. Mark entendió el mensaje. Ese día, confió en Jesús como su Salvador, y dedicó el resto de su vida a servirle.
Es por la gracia de Dios que los creyentes en Jesús son «salvos» (Efesios 2:8). La gracia hace lo que las buenas obras no pueden hacer (v. 9; Romanos 11:6). Es un regalo provisto por el sacrificio de Jesús en la cruz.
La carga de nuestro pecado no tiene por qué aplastarnos. Como descubrió Mark, la gracia de Dios nos libra y nos da vida «en abundancia» (Juan 10:10). Al aceptar a Jesús como Salvador, el poder de la gracia nos hace libres (Efesios 2:4-5).



