Durante un campamento de su iglesia, el pastor Jeff fue a pasear con mi hijo, quien lo llevó por un sendero hasta la capilla al aire libre. ¡De repente, se encontraron con el arca del pacto! Claro, no era el arca real, sino una réplica tamaño natural que mi esposo había comenzado hacía años y que mi hijo había terminado recientemente como sorpresa.
Jeff estaba tan emocionado que reclutó de inmediato a otros para ayudarlo a llevar el arca al campamento. ¡Qué espectáculo verlos llevando el arca, mientras dos de los nietos pequeños del pastor caminaban detrás tomados de la mano!
Las Escrituras relatan sobre la ocasión gozosa en que la verdadera arca del pacto, que simbolizaba la presencia de Dios con su pueblo, fue llevada a su lugar correcto en Jerusalén (2 Samuel 6:12). El rey David estaba tan eufórico que danzó «con toda su fuerza delante del Señor» mientras el pueblo gritaba y las trompetas sonaban (vv. 14-15).
Años después, los israelitas fueron llevados cautivos a Babilonia, y Jerusalén fue destruida (2 Reyes 25). Las Escrituras no nos dicen qué pasó con el arca. Pero nosotros ya no la necesitamos para disfrutar de la presencia de Dios (Juan 14:16-17). A través del Espíritu Santo, Dios está en todos los que creen en Cristo. ¡Qué razón excelente para regocijarse!