Amina conoció a Cristo en un país donde el cristianismo era ilegal. Empezó a compartirle su nueva fe a su hermano, pero la rechazó. Luego, él contrajo una peligrosa afección pulmonar. Solo en una oscura habitación de hospital, le costaba respirar. Como no estaba listo para reconocer a Jesús como el Hijo de Dios y temía que alguien lo escuchara pronunciar su nombre, clamó: «Dios de mi hermana, ¡ayúdame!». De repente, pudo respirar bien y la habitación inexplicablemente se iluminó. Ese día comenzó su camino hacia la fe en Jesús.

En Génesis, el siervo de Abraham emprendió una misión para encontrar esposa para el hijo de su amo. Primero, oró diciendo: «Dios de mi señor Abraham» (24:12). ¿Por qué? Sabía que Dios le había prometido a Abraham: «haré de ti una nación grande» (12:2). Cuando Dios repitió esa promesa (15:2-5), Abraham «creyó al Señor, y le fue contado por justicia» (v. 6). El siervo podía confiar en el Dios de su señor (24:26, 42, 48) porque había sido testigo de la realidad de su fe.

Con nuestras palabras, invitamos a otros a seguir a Jesús. Pero lo más importante es cómo vivimos delante de ellos. La realidad de una fe genuina en el único Dios verdadero dice muchísimo.

Que el Dios de Abraham y de Amina utilice nuestras vidas para atraer a otros hacia Él.

De:  Tim Gustafson

Reflexiona y ora
¿Cómo has percibido que Dios interviene en tu vida? ¿Cómo revela tu vida que confías en Él?
Padre, que otros veanque mi fe en ti es genuina.