El anciano pasó mucho tiempo observando mochilas infantiles en la tienda. Me dijo: «Es el cumpleaños de mi nieta. Espero que le guste mi regalo». Sostenía emocionado una mochila rosa con el diseño de un personaje de dibujos animados.

Más tarde, en un restaurante, lo vi junto a una niña y sus padres. Cuando ella abrió el regalo, exclamó: «¡No me gusta este personaje! ¡Y odio el rosa!». Sus padres la hicieron disculparse, pero ella siguió quejándose. Se me rompió el corazón por su abuelo.

Me recordó cómo reacciono a veces ante los regalos de Dios. Me quejo porque quiero algo diferente, sin ver el milagro delante de mí: que Dios mismo, en su amor, me ha dado algo a mí. Los israelitas se comportaron igual. Dios había cumplido su promesa: «os haré llover pan del cielo» (Éxodo 16:4). Su provisión en el desierto estaba garantizada: «cuando descendía el rocío sobre el campamento de noche, el maná descendía sobre él» (Números 11:9). Pero, en lugar de agradecer, se quejaron: «Nada hay para nuestros ojos excepto este maná» (v. 6 lbla). En lugar de pedirle humildemente otro alimento, se quejaron de su regalo.

Todavía recuerdo la mirada triste en los ojos de aquel abuelo. Me hizo pensar en cómo debe sentirse nuestro Padre celestial cuando nos quejamos. Seamos agradecidos por los regalos que nos da.

De:  Karen Huang

Reflexiona y ora

¿De qué bendicioneste has quejado? ¿Cómo puedesdar gracias a Dios por ellas?
Padre, perdón por quejarme.