Ayer vimos que el ágape, o amor incondicional, nos permite enfrentar las dificultades con calma, esperar con paciencia y sacrificarnos sin quejarnos. Demostramos ágape cuando…
- Perdonamos. Cuando el hijo pródigo regresó, el amor permitió a su padre perdonar y dejar atrás el dolor (1 P 4.8). De igual manera, podemos perdonar a quienes nos han herido, sin permitir que el daño continúe.
- Actuamos con generosidad. El hijo llegó a casa con pocas expectativas. Su padre lo recibió y lo vistió con las mejores ropas. El amor divino, que no lleva un registro de los agravios, hizo posible mostrar tal generosidad.
- Servimos con alegría. Al recibir de vuelta lo que “se había perdido, y es hallado” (Lc 15.32), el padre organizó una celebración. Expresó su amor dejando que la alegría se desbordara en servicio a los demás.
- Restauramos a quienes caen. El hijo que había abandonado a su padre y malgastado su herencia volvió a recibir sus derechos.
Cuando pecamos, nuestro Padre celestial espera nuestro regreso, acepta nuestro arrepentimiento y restaura nuestra intimidad con Él. Estamos llamados a extender ese ágape a otros. ¿Con quién podría usted compartirlo?
BIBLIA EN UN AÑO: NÚMEROS 17-19



